jueves, 23 de abril de 2020

IN MEMORIAM


Ahora que te has ido de nuevo, padre, se actualiza el dolor en mis entrañas de aquella ausencia tuya cuando te fuiste a Alemania. Aquel dolor de ojos asustados de niña acunando tu ausencia en una mecedora.

Aunque en los últimos tiempos ya no estabas del todo, era como un refugio compartir tus relatos ocurrentes, cogerme de tu mano o besarte la frente. Me negaba a asumir que te estabas marchando, que tus guiños cómplices ya se iban marchitando. Me has hecho tanta falta, padre, en el último año. He jugado a imaginarte entrando por mi puerta con tu caja de herramientas a repararme el alma, tantas veces. En tus dedos de música he llegado a tejer caricias imaginarias en mis sienes. He parido el dolor tantos instantes, padre, en los últimos meses.

Me invaden el recuerdo esos momentos cruciales en que tus palabras pusieron norte a mi abatimiento. Bastaron pocas palabras para transmitirme confianza en la vida, humildad y coraje.

Has sido un hombre íntegro, amante de la soledad, sensato, respetuoso, sensible, habilidoso, con una inteligencia extraordinaria, una discreción exquisita y un corazón enorme. Este magnífico legado se ha quedado entre los tuyos para siempre.

Ahora que te has ido, padre, esta vez sin maleta, me socava el dolor de tu ausencia. Ya no sonará mi timbre inesperadamente ni acariciarán mis oídos, tus palabras. Ya no me hablarás de la infinitud del universo, de la omeostasis de la naturaleza ni del maldito miedo que nos hacía sufrir a los dos. Ya no volveré a sentir esa proximidad simbiótica ni esa mirada cómplice, ni esas cosquillas en la pierna por debajo de la mesa.

Ahora que ya no estás cerca de mi, padre, mi alma se serena porque siente tu alma en paz. Y sé que Dios te tiene cerca de él, cerca de tu madre y tu padre, en la gloria que merece tu magnifico ser.

Te quiero para siempre.

Descansa en paz, padre.


domingo, 10 de marzo de 2019

Beso tu labio


Beso tu labio
                   ausente
como si ya no estuviera
aunque aún esté aquí.

Beso tu labio
y beso todos los labios
de un aire enloquecido
que quedaron inertes.

Y sólo las gaviotas de mi aliento
                                 se aquietan
bordeándote.

Tú, aquí a mi lado
tan distante
atrapando el sueño último.
Tú, aquí
besando el labio de unos ojos ciegos.
Tú, aquí y la nada asida a mi cintura.

Beso tu labio
                     fugaz
mordido por palabras de ira entre los dientes.

Beso tu labio
más allá de ti
intentando atrapar lo que pudo haber sido.


viernes, 1 de febrero de 2019

Gotas de vida

Gotas de vida




A veces un chaparrón de vida te cala hasta los huesos. Te cala el alma. Te cala hasta tener que despojarte de ese gorro de lana que ya no te cabe o que huelga, en esa que ya no sientes tu propia cabeza.

A veces, un chaparrón de vida te impregna hasta quebrantarte. Te embadurna y te anega o te deja inerte en el arcén mientras todos los personajes de tu existencia danzan al margen de ti. Y en ese momento, no eres aire ni eres luz, no eres nada con lo que reconstruir un átomo de aliento que te de forma. 
Pese a todo, y sobre todo, eres vida pretendida. Eres oasis cuando las ramas se secan abatidas y eres sol cuando la oscuridad decidió imponerse. 
O tal vez, no eres. Eras lo que creíste ser mientras no eras nada. Fuiste desastre mientras te creíste esplendor en los días cálidos. Fuiste declive que no se soportaba debajo de tus pies.
Acaso fuiste víctima de tu propia estulticia mientras las gotas de vida resbalaban por la comisura de tus débiles labios. O acaso tus senos gimieron lágrimas necias tras las batallas de tu alma.

Así, tantas veces, la vida se desparrama entre el hueco de tus brazos y ya no hay subterfugio que alivie la derrota. 

domingo, 5 de junio de 2011

Imagínate el mar


Ella era ciertamente desorganizada en cuanto a su aspecto físico. Al caer la tarde se la podía ver con otro pañuelo enrollado en el cuello, además del que se pusiera por la mañana. Entrelazados, sin armonía alguna, formando una especie de amalgama de color alrededor del cuello. Salvo esa nota de color, era sobria, austera, enjuta. Así era Luisa.

Luisa nunca conoció el mar pese a que había jugado a imaginárselo muchas veces. Podía conservar dentro de ella la primera sensación que le produjo verlo y el temblor que recorrió sus piernas debajo del retrato que le mostraba una vecina de Barcelona que pasaba las vacaciones en el pueblo.
Desde entonces, en aquellos veranos tórridos sin mar, Luisa se escapaba cada tarde a sentarse en lo alto de un cercado en las afueras del pueblo. Asomada a la ventana de su fantasía podía respirar sintiendo el vaivén de las olas y la espuma deshaciéndose entre los pastos secos. Incluso, podía oler el aroma del salitre entremezclándose con el rotundo olor de las hierbas abatidas por el verano. 
A veces, resbalaba una gota de mar por su rostro después de haber sentido estallar una ola, con fuerza, cerca de sus pies.
Cada verano, al caer la tarde, era para Luisa con el mar. Era la tarde con su mar.

A finales de agosto su tía Guillermina vino desde Málaga a visitar a la familia después de algunos años de ausencia. Le trajo a Luisa varias postales en la que se podía ver un mar engalanado, tal vez, con demasiados artilugios turísticos. Cuando llegó, tomando del brazo a su sobrina le dijo: “Ha llegado la hora de que veas el mar. Te vendrás conmigo de regreso a Málaga”. 
Pero Luisa no contestó. Atusándose el pelo se reclino en el sillón y respiró profundamente, - esta vez también con aire de mar-  moviendo la cabeza en un gesto de negativa ante la atónita mirada de Guillermina. 
Mientras aún exhalaba un aire impregnado de sales y caracolas, replicó: “ Tía, ya no necesito ver el mar porque sólo existe para mí lo que sucede… y el mar ya sucede dentro de mí”.

martes, 19 de abril de 2011

Demasiados ropajes







La cultura podría ser el matiz que define al ser humano en la trayectoria de la evolución… O tal vez, esa especie de capital que va impregnando al individuo de vivencias que, a modo de sabiduría, lo imbuyen de conocimientos sea o no en interacción con el medio, curiosamente.
La cultura dinamiza, expande, proyecta al individuo más allá de…¿ sus propias potencialidades?, ¿de sus propios recursos?. No lo sé.
Y en esta especie de pugna por la autenticidad cultural me debato. Y me arrepiento, sobre todo de mí misma, de querer hacer tantas cosas, de intentar vestir tantos ropajes que se esperan de mí.
¿Acaso no soy yo misma?.
Me rebelo. Reinvento mi ser, mi esencia. Lejos de tanta mansedumbre porque huyo de los ropajes que no me pertenecen.
Quiero emerger sin taras a la vida; no más de las que yo pueda pautarme, permitirme, soportarme. Y así soy yo con todas las ausencias culturales, con todos esos cantos rodados de mi alma. Imperfecta, al fin, pero repleta de todas mis carencias, sobre todo, de esas que mi ser reconoce y aquieta en el espíritu.

El devenir de las aceras





Las aceras nos traen, nos llevan por todas las ciudades, por todos los pueblos; incluso, hay aceras que te traen y te llevan, sin elementos disuasorios, de una población a otra. Todo un logro de los planes urbanísticos que suelen plantear una batalla jurídica de exhibición y hegemonía de competencias entre poblaciones cercanas.
Cuando yo era una niña, en mi pueblo, apenas existían las aceras. En aquella calle larga y estrecha en la que vivía sólo había dos trazados paralelos, como amontonados sobre la pared de la fachada. Una especie de amalgama de piedras solidificadas con cemento, rugosa, que dificultaba el caminar con las chancletas en verano.
Dicen que “la primera orden de colocar aceras en Madrid data de 1612, pero doscientos años antes había sido sistemáticamente incumplida”. Llegó la democracia y con ella, la instauración de las aceras. Y se hicieron transitables, sobre todo visibles y, en muchos casos, partidarias de implicarse en una especie de competición estética, aunque el criterio se circunscribiera a la orientación inevitablemente estética, también, de algún albañil local, que por entonces, se erigía en “corsario de la armonía urbanística”.
Ahora, que parece que estamos más maduros en el ejercicio de la democracia, las aceras nos regulan y hasta nos fundamentan. Nos marcan los destinos. Nos llevan, nos detienen para ceder el paso educándonos de manera sistemática y rigurosa. Pero las aceras también te permitan salirte de sus bordes aunque este acto tenga fatales consecuencias aplicando rigurosos principios de modificación de conducta; pautando inexorablemente la consecuencia de vulnerar el trazado de sus normas. Alguna fatal consecuencia: una rotura de cadera, un atropello en plena vía, la caída al vacio cuando una señora te arrolla con el paraguas. Da igual. Ellas siguen cumpliendo su cometido: regular y adiestrar en las normas de convivencia cívica. Si eres un adecuado/a ciudadano/a, tendrás que adaptar tu vida a las aceras.

Las aceras resultan adiestradoras. Te trazan el camino por donde has de pisar y a cambio, te desplazan.  Caprichosamente mutan cada ciertos años, obedeciendo al enfoque preconcebido de sus dirigentes y no nos importa, porque al final nos llevan.
¿Cómo perder de vista las aceras?.
Las aceras son esa especie de páramos limitados que educan, aunque sea constriñendo, los hábitos esenciales de todo ser humano. Y además son capaces de impregnar de matices, camuflados ,una esencia estéticamente adiestradora, tal vez despistadora, de todos los impulsos que las crean.
Y pasan los años e, imperceptiblemente, seguimos caminando por las aceras como seres inmutables al firme que se antoja debajo de la suela de nuestros zapatos. Esa especie de hábitats  temporales en la que sumergimos nuestros pies.
Y es que las aceras son como  una especie de condescendencia de lo público.