martes, 19 de abril de 2011

El devenir de las aceras





Las aceras nos traen, nos llevan por todas las ciudades, por todos los pueblos; incluso, hay aceras que te traen y te llevan, sin elementos disuasorios, de una población a otra. Todo un logro de los planes urbanísticos que suelen plantear una batalla jurídica de exhibición y hegemonía de competencias entre poblaciones cercanas.
Cuando yo era una niña, en mi pueblo, apenas existían las aceras. En aquella calle larga y estrecha en la que vivía sólo había dos trazados paralelos, como amontonados sobre la pared de la fachada. Una especie de amalgama de piedras solidificadas con cemento, rugosa, que dificultaba el caminar con las chancletas en verano.
Dicen que “la primera orden de colocar aceras en Madrid data de 1612, pero doscientos años antes había sido sistemáticamente incumplida”. Llegó la democracia y con ella, la instauración de las aceras. Y se hicieron transitables, sobre todo visibles y, en muchos casos, partidarias de implicarse en una especie de competición estética, aunque el criterio se circunscribiera a la orientación inevitablemente estética, también, de algún albañil local, que por entonces, se erigía en “corsario de la armonía urbanística”.
Ahora, que parece que estamos más maduros en el ejercicio de la democracia, las aceras nos regulan y hasta nos fundamentan. Nos marcan los destinos. Nos llevan, nos detienen para ceder el paso educándonos de manera sistemática y rigurosa. Pero las aceras también te permitan salirte de sus bordes aunque este acto tenga fatales consecuencias aplicando rigurosos principios de modificación de conducta; pautando inexorablemente la consecuencia de vulnerar el trazado de sus normas. Alguna fatal consecuencia: una rotura de cadera, un atropello en plena vía, la caída al vacio cuando una señora te arrolla con el paraguas. Da igual. Ellas siguen cumpliendo su cometido: regular y adiestrar en las normas de convivencia cívica. Si eres un adecuado/a ciudadano/a, tendrás que adaptar tu vida a las aceras.

Las aceras resultan adiestradoras. Te trazan el camino por donde has de pisar y a cambio, te desplazan.  Caprichosamente mutan cada ciertos años, obedeciendo al enfoque preconcebido de sus dirigentes y no nos importa, porque al final nos llevan.
¿Cómo perder de vista las aceras?.
Las aceras son esa especie de páramos limitados que educan, aunque sea constriñendo, los hábitos esenciales de todo ser humano. Y además son capaces de impregnar de matices, camuflados ,una esencia estéticamente adiestradora, tal vez despistadora, de todos los impulsos que las crean.
Y pasan los años e, imperceptiblemente, seguimos caminando por las aceras como seres inmutables al firme que se antoja debajo de la suela de nuestros zapatos. Esa especie de hábitats  temporales en la que sumergimos nuestros pies.
Y es que las aceras son como  una especie de condescendencia de lo público.

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