Gotas de vida
A
veces un chaparrón de vida te cala hasta los huesos. Te cala el alma. Te cala
hasta tener que despojarte de ese gorro de lana que ya no te cabe o que huelga,
en esa que ya no sientes tu propia cabeza.
A
veces, un chaparrón de vida te impregna hasta quebrantarte. Te embadurna y te
anega o te deja inerte en el arcén mientras todos los personajes de tu
existencia danzan al margen de ti. Y en ese momento, no eres aire ni eres luz,
no eres nada con lo que reconstruir un átomo de aliento que te de forma.
Pese
a todo, y sobre todo, eres vida pretendida. Eres oasis cuando las ramas se
secan abatidas y eres sol cuando la oscuridad decidió imponerse.
O tal vez, no eres. Eras lo que
creíste ser mientras no eras nada. Fuiste desastre mientras te creíste
esplendor en los días cálidos. Fuiste declive que no se soportaba debajo de tus
pies.
Acaso fuiste víctima de tu propia
estulticia mientras las gotas de vida resbalaban por la comisura de tus débiles
labios. O acaso tus senos gimieron lágrimas necias tras las batallas de tu
alma.
Así, tantas veces, la vida se
desparrama entre el hueco de tus brazos y ya no hay subterfugio que alivie la
derrota.
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