Ella era ciertamente desorganizada en cuanto a su aspecto físico. Al caer la tarde se la podía ver con otro pañuelo enrollado en el cuello, además del que se pusiera por la mañana. Entrelazados, sin armonía alguna, formando una especie de amalgama de color alrededor del cuello. Salvo esa nota de color, era sobria, austera, enjuta. Así era Luisa.
Luisa nunca conoció el mar pese a que había jugado a imaginárselo muchas veces. Podía conservar dentro de ella la primera sensación que le produjo verlo y el temblor que recorrió sus piernas debajo del retrato que le mostraba una vecina de Barcelona que pasaba las vacaciones en el pueblo.
Desde entonces, en aquellos veranos tórridos sin mar, Luisa se escapaba cada tarde a sentarse en lo alto de un cercado en las afueras del pueblo. Asomada a la ventana de su fantasía podía respirar sintiendo el vaivén de las olas y la espuma deshaciéndose entre los pastos secos. Incluso, podía oler el aroma del salitre entremezclándose con el rotundo olor de las hierbas abatidas por el verano.
A veces, resbalaba una gota de mar por su rostro después de haber sentido estallar una ola, con fuerza, cerca de sus pies.
Cada verano, al caer la tarde, era para Luisa con el mar. Era la tarde con su mar.
A finales de agosto su tía Guillermina vino desde Málaga a visitar a la familia después de algunos años de ausencia. Le trajo a Luisa varias postales en la que se podía ver un mar engalanado, tal vez, con demasiados artilugios turísticos. Cuando llegó, tomando del brazo a su sobrina le dijo: “Ha llegado la hora de que veas el mar. Te vendrás conmigo de regreso a Málaga”.
Pero Luisa no contestó. Atusándose el pelo se reclino en el sillón y respiró profundamente, - esta vez también con aire de mar- moviendo la cabeza en un gesto de negativa ante la atónita mirada de Guillermina.
Mientras aún exhalaba un aire impregnado de sales y caracolas, replicó: “ Tía, ya no necesito ver el mar porque sólo existe para mí lo que sucede… y el mar ya sucede dentro de mí”.

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